LOS PECADOS CAPITALES
22 abril, 2013
MIERCOLES DE CENISA
22 abril, 2013

EL EQUIPO DE LITURGIA

 Antes no había la necesidad de un equipo de liturgia:  el sacerdote y el sacristán preparaban todo. En todo caso se agradecía la buena voluntad de unas señoras que mantenían limpia la iglesia o preparaban con gusto las flores. Ahora cada vez más es un grupo el que asume la tarea de preparar cada celebración y revisar sus orientaciones también a largo plazo.

 Es necesario un equipo de liturgia en las parroquias, porque  son un auténtico fermento y un motor de la celebración de la comunidad. Pero no solo por eso, sino también, por  motivos teológicos: Ej. la imagen de Iglesia que se comprende a sí misma como más corresponsable de la propia vida y animación, basándose en la dignidad de todos los laicos, en razón de su sacerdocio bautismal.

 El equipo que se ocupa de esta tarea de la preparación y animación de las celebraciones es idealmente un grupo variado, rico, representativo de lo que es la comunidad: y aunque es variado  tiene que ser maduro en la fe, respetuoso de lo sagrado y responsable  en sus actividades. Evitando, cualquier comentario que provoque malestar en los demás miembro, nadie tiene que sentirse superior o inferior, aunque tengas años de participación

El equipo de liturgia, además de la preparación de las celebraciones, ante todo debe   tener una reflexión sincera y lúcida   de si mismo y de lo  que hace para que pueda descubrir aspectos que van bien y otras que están mal y pueda mejor. El grupo litúrgico debería tener una sensibilidad especial para captar las mejoras que está pidiendo la celebración litúrgica y lo  agradable a Dios.

 Un grupo de liturgia que se reúne y que prepara la celebración, no es para “hacer bonito”, ni para lucirse, ni para dar salida más o menos psicológica a las energías y capacidades de los laicos o de los que saben música. La razón es más profunda, la que debe dar sentido a todas las demás, es el deseo de servir, de ayudar a la comunidad a que pueda rezar mejor y celebrar más consciente y profundamente su Eucaristía dominical o las otras celebraciones que se organicen.

                         El Lector

 Una  de las acciones  litúrgicas más importantes que se puede ejercitar en la celebración es el de proclamar las lecturas. Junto con el salmista y el predicador de la homilía, el lector ayuda a la comunidad cristiana a escuchar en las mejores condiciones posibles la Palabra de Dios y acogerla como dicha hoy y aquí para cada uno de los creyentes.

 No es fácil leer. Leer bien es re-crear, dar vida a un texto, dar voz a un autor. Es transmitir a la comunidad de los fieles lo que Dios les quiere decir hoy, aunque el texto pertenezca a los libros antiguos. Leer es pronunciar palabras, pero sobre todo decir un mensaje vivo.

 Más que “leer”, se trata de “proclamar” expresivamente la Palabra. Pro-clamar es pronunciar, promulgar delante de la asamblea que escucha. No es mera lectura personal, o información, o clase. Es un ministerio que se realiza dentro de una celebración, y  el mismo hecho de leer en público para esta comunidad de creyentes es todo un gesto de culto, un servicio litúrgico, realizado con fe y desde la fe.

Una de las primeras condiciones de un buen lector es que recuerde que en este ministerio él es simplemente -y nada menos- un mediador entre el Dios que dirige su Palabra y la comunidad cristiana que la escucha y la hace suya.  Lo que él trasmite a sus hermanos no es palabra suya ni tampoco de la Iglesia, sino de Dios.

                        Consejos generales

 El acceso al lugar del ambón debe ser digno, sereno, no poniéndose en movimiento hasta que el sacerdote no ha terminado la oración, en el caso de la primera lectura, o hasta que el salmo responsorial no se haya concluido, para la segunda, o hasta que el monitor lo haya indicado.

 La postura corporal también cuenta: la persona misma es un signo. Puede indicar atención y respeto, o por el contrario superficialidad o dejadez. la actitud del lector debe evitar tanto la afectación y el teatro exagerado, como la excesiva timidez y encogimiento. La asamblea “oye” al lector, pero también le “ve”.

No es indiferente desde dónde se proclama una lectura y de qué libro. El ambón es un lugar digno, visible, más o menos estable reservado para la proclamación de las lecturas bíblicas. El libro también debe manifestar su formato y uso que su contenido es apreciado por la comunidad que lo escucha y por el ministro que lo proclama. Es “válido” leer una hoja dominical, pero no es significativo ni simbólicamente expresivo. Además, un libro bien impreso, con la letra suficientemente grande y, sobre todo con una buena presentación y disposición sintáctica de las frases favorece una mejor lectura.

 No se debe empezar a leer sin que haya silencio en la asamblea: sobre todo en la primera lectura. Desde la quietud y el silencio es desde donde se inicia la lectura o la monición previa a la misma.

 El lector no tiene que decir “primera lectura” ni tampoco pronunciar la frase resumen que en letra roja precede al texto. Lo que sí debe proclamar claramente es el título del libro bíblico del que toma la lectura, haciendo una breve pausa a continuación antes de empezar el texto a no ser que el monitor lo haya dicho antes.

                     Reglas para bien leer

 a) Hay que leer despacio. La precipitación es uno de los defectos más comunes de los que proclaman las lecturas. Hay  que leer a un ritmo que permita a todos ir captando el sentido de lo que se dice, que la palabra vaya calando y resonando en la comunidad.

b) Con el tono justo de voz. Ni gritar demasiado, de modo que quede aturdida la asamblea. Ni hablar en voz tan baja que la gente tenga que hacer esfuerzos para captar lo que se dice.

Leer bien en público es “proclamar”, pero no se debería caer en el defecto de una “declamación” teatral. hay que leer con un tono de voz comunicativo, agradable, sin aristas, ni áspero, ni rebuscado, sin agresividad y a la vez sin empalago.

 c) Las diversas lecturas requieren diversa expresividad en la voz. Por eso hay que prepararse con cuidado cada vez que uno actúa para la comunidad. No se lee igual un diálogo que un relato. No requiere el mismo tono una página poética que una dramática.

d) Hay que vocalizar bien. O sea, hay que pronunciar claramente todos los sonidos.

 e) Un buen lector sabe dar ritmo a su lectura con breves y expresivos silencios, que son lo que dan vida al pensamiento. Las frases están construidas de palabras y de silencios. Se tratan de breves respiros, que ayudan a destacar la dinámica de un pensamiento. Por ejemplo, al final de la lectura, antes de decir “Palabra de Dios”, hay que hacer una breve  pausa,  permitiendo que el último pensamiento tenga tiempo de calar y reposar en el oído de todos, antes de invitarles a la aclamación conclusiva.

La persona que lee para la comunidad no es un cartero que transmite mensajes de los que se entera. Ella misma es la primera que queda afectada por la Palabra se ha leído antes. Se ha dejado convencer y llenar de ella. La ha entendido, la ha aceptado. Y luego, se atreve a proclamarla a los hermanos.

                    Monición, Monitor

 “Monición” viene del latín “monere”, exhortar, advertir. Fuera del uso litúrgico la palabra tiene un cierto tono peyorativo: “amonestar” es dar un aviso a modo de represión. En la liturgia se llama “monición” a las palabras que se dirigen, no a Dios (eso son “oraciones”), sino a la comunidad, a modo de explicaciones o invitaciones.

 Hay moniciones de tipo indicativo, que señalan las posturas o dan normas para organizar una procesión. Hay otras explicativas, como cuando antes de la lectura se sitúa en su contexto para que se entienda mejor, Otras son exhortativas, invitando a hacer algo (un canto, una canción, la comunión) desde una actitud espiritual determinada.

 Esta  es una acción  litúrgica muy antigua, que normalmente asumía el diácono, actuando de intermediario entre el presidente de la asamblea y la asamblea, y ayudaba a participar en la celebración con las convenientes actitudes interiores y exteriores.

El monitor o comentarista no actúa desde el ambón, sino desde otro lugar diferente o un micrófono lateral. El ambón se reserva para la proclamación de la Palabra.

 Las cualidades de una buena monición: se insiste pues que sean breves. Todos tenemos la experiencia de cómo unas intervenciones largas dan al conjunto de la celebración un tono pesado y aburrido.

 Las moniciones  tienen que ser  sencillas, transparentes. Se trata de ayudar a captar mejor el contenido de los ritos o de las lecturas. Que sean fieles al texto. La monición debe ayudar a escuchar la lectura desde la actitud justa (sin manipular su interpretación, dejándola abierta) y realizar el gesto simbólico (por ejemplo, el gesto de paz) exactamente dentro de su identidad y finalidad.

 Que sean discretas: discretas en número (no hace falta que se hagan las posibles, sino las que parezcan más convenientes, y no siempre las mismas).

 Las moniciones se espera que sean pedagógicas, o sea que produzcan con sus palabras y sugerencias el efecto deseado: despertar el interés por la lectura, o suscitar la actitud interna del oyente.

Comments are closed.